Trabajos prácticos de alumnos de DeporTEA

Una segunda oportunidad

por Santiago Mackrey – 1er año

Julián Rodríguez tiene 22 años, es estudiante de Derecho y vive con sus padres adoptivos Gabriel y Ana en San Justo, provincia de Buenos Aires. Difícilmente haya imaginado este presente cuando siete años atrás lo detuvieron por robar un comercio cerca de la Villa 31 en Capital Federal, su anterior lugar de residencia.
Su vida transcurría en la calle, consumía drogas porque según él, lo hacían olvidarse de ese presente que ningún chico merece tener. No conocía a su papá biológico, y su mamá no tenía dinero para mantenerlo a él y a sus 8 hermanos. Admite que se juntaba con chicos que delinquían, y que él se negaba a hacerlo porque no se animaba. Tenía miedo ya que uno de sus hermanos había sido asesinado luego de protagonizar un intento de robo a mano armada.
Una tarde de abril, no recuerda con exactitud el día, se quedó sin dinero para comprar bolsas de pegamento para aspirar. “Estaba desesperado, agarré un cuchillo de un compañero y me fui a un comercio cercano. El intento de robo me salió mal, fui detenido por la policía y me derivaron a un Instituto de menores. Estaba en el infierno mismo ”, según explicó.
No quiere decir donde fue alojado, porque tiene miedo de que se genere algún tipo de represalia en contra de su persona, pero no teme en describir las atrocidades por las que pasó y finalmente lo que lo salvó. Pasó 2 años, 7 meses y 22 días en ese lugar. Admite que al llegar estaba horrorizado, ya que lo encerraron en una celda pequeña con dos chicos. “Tuve que dormir en el suelo, en un colchón roto, sucio, y al lado de un inodoro que emanaba un olor insoportable”, comentó. Ésta situación la vivió durante los primeros 6 meses, hasta que un compañero quedó en libertad y por fin pudo trasladarse a una de las camas. Durante el primer semestre, reconoce que le costó muchísimo adaptarse al lugar y a la forma de manejo del mismo. Existía un líder, al que no se atreve a nombrar, que cada vez que ingresaba un nuevo detenido al Instituto le hacía lo que él llamaba “ la bienvenida “. Consistía en una tortura en donde se ataba al recién ingresado y luego con cigarrillos era quemado, para que así se de cuenta de quién mandaba y por consiguiente, quién era el que debía ser respetado. En ese tiempo, confiesa que los guardias lo drogaban para que esté tranquilo a través de inyecciones. Luego de recibirlas, quedaba muy cansado y debía ir a dormir. Expresó que los policías y el líder negociaban la venta de drogas y cigarrillos dentro del Instituto.
En cuanto a la infraestructura del lugar, explicó que “ el edificio se caía a pedazos. Había un estado de suciedad extrema, las celdas con suerte las limpiaron 4 veces en toda mi estadía y ni siquiera imaginar un baño limpio ya que en casi 3 años, siempre más de la mitad de los inodoros estuvieron fuera de servicio y las duchas peor todavía, hubo un momento en el que me tuve que bañar con las mangueras del patio con agua fría porque ninguna ducha funcionaba”.
Cuenta además, que el primer año y medio estuvo muchísimo tiempo dentro de la celda, ya que eran muy pocos los momentos en los que se le permitía salir, por lo que le resultaba imposible realizar algún tipo de actividad deportiva, trabajo o cualquier otra cosa para distraerse, y que su rutina era algo sistematizado; dormía, comía e iba al baño. Admite que tuvo suerte con los compañeros de calabozo, ya que eran dentro de todo “buena onda”. Recuerda que un joven casi fue asesinado por los compañeros de celda, y que apareció con varios puntazos y un corte en el estómago. Una de las cosas que más le sorprendió fue el maltrato que le brindaban los guardias. Cuenta que “ a veces parecían divertirse cuando nos pegaban, muchos no hacíamos nada y ellos venían riéndose, burlándose de nuestra situación y nos golpeaban fuertemente para que nos quedáramos callados y quietos. Han llegado a desmayar a un compañero de celda de los golpes que daban”.
El decimoctavo mes en el Instituto significó un cambio, un click en su vida. Un lunes entró el director del Instituto, y les comentó a los jóvenes que allí residían que iba a llegar un grupo de personas de una conocida ONG para brindarles tareas de apoyo moral, educativo y psicológico. Al principio Julián admite que le pareció una tontería y que no iba a servir para nada, pero con el paso de las jornadas se fue encariñando cada vez más con un matrimonio; sus nombres eran Ana y Gabriel. Lo instruyeron, le proveyeron libros y le brindaron el cariño que nunca había tenido;  “con ellos le encontré el sentido a la vida”, dice. Se prometió a sí mismo que iba a cambiar, que no quería volver a repetir situaciones pasadas y que quería ser alguien importante. Finalizó el secundario en su estadía en el Instituto a través de un programa de educación para chicos en su situación y al cumplir su condena se encontró con la sorpresa de que esas personas que lo ayudaron, le propusieron que se vaya a vivir con ellos. En el primer verano en el que estuvo en libertad, consiguió trabajo en el barrio como albañil y se dedicó a leer libros de Derecho Civil. Se inscribió en la facultad, y en la actualidad disfruta de un presente con una nueva familia y una nueva vida. Admite que en un futuro buscará a través de su labor ayudar a todos los chicos que recalen en un Instituto, para que no vivan una situación como la que tuvo que pasar él; y para tratar que realmente se cumpla la función de esas Instituciones, que es que los chicos, aprendan de los errores cometidos y puedan volver a reinsertarse en la sociedad y formar parte de ella.

Bibliografía/Fuentes consultadas:
Entrevisté y conocí la historia de vida de Julián en el marco de un trabajo práctico individual. Tenía como temática Instituto de Menores y lo realicé para la cátedra Introducción al Periodismo en la Universidad Austral de Buenos Aires mientras cursaba la Licenciatura en Comunicación Social allí. El trabajo lo hice en el 2010, y sinceramente me resultó una historia de vida interesante para difundir, ya que la experiencia de éste chico es un caso atípico en la sociedad desde mi punto de vista. Para la realización de ésta actividad, solo utilicé su testimonio; así que esa es mi única fuente consultada.

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