Trabajos prácticos de alumnos de DeporTEA

SUEÑO MUNDIAL

Por Maximiliano Gallo

Estas líneas no me van a alcanzar para hacer la crónica de un partido con tantas llegadas. Tan emotivo, electrizante y bien jugado. No, no hablo de Alemania-Portugal, que fue lindo pero no tanto. Irán y Nigeria dieron una cátedra de juego, asociaciones, paredes y calidad. De cómo se juega al espacio, de cómo se avanza con la pelota en los pies y de cómo dos equipos sin figuras pueden dar un show a pesar de no marcar goles en Curitiba.

Sepan disculpar, estaba narrando mi sueño de media horita. Esa siesta que hice involuntariamente mientras miraba –esforzadamente- el duelo entre iraníes y nigerianos. Me perdí los 15 minutos finales del primer tiempo y el entretiempo, pero eso no me va a imposibilitar hacer un análisis del partido, simplemente porque no se puede analizar. ¿Cómo hago para explicarles que en un Mundial en el que hasta Costa Rica mete tres goles, un partido puede ser tan malo? Lo lamento, pero no puedo. A lo mejor se esforzaron para ser la excepción a la regla que viene predominando en Brasil y empataron para quedar en la historia. Pero, por favor les pido, al menos un gol. Un grito de Walter Nelson que me despierte de mi sueño de un universo paralelo donde hasta los malos juegan bien al fútbol.

Mientras escribo esto, van dos minutos de Estados Unidos – Ghana y los norteamericanos ya marcaron. Noventa y dos tuvieron para marcar en Curitiba, pero no hubo caso. Nigeria intentaba, a mil por hora, como si cada jugada fuera la última. Irán esperaba, como si se tratara de la final en el Maracaná y ganara 1 a 0 en el último minuto. Los dos lo hacían mal. Alguna jugada de Obi Mikel, una que otra corrida de Mosesy Emenike que no conectaba un centro por el lado de los africanos. Ghoochannejhad –cuyo apellido es tan complicado que en la camiseta le estamparon su nombre, Reza- miraba el partido parado en el círculo central, contemplando como sus compañeros asiáticos corrían detrás de la pelota como si la quisieran, pero que cuando la tenían la tiraban lo más lejos posible.

No esperaba mucho de Irán, en ninguno de los partidos dio la impresión de ser un equipo competitivo. Altamente vulnerable en defensa y predecible en ataque. Sin nadie que rompa el esquema, que se anime a un poquito más. Sí imaginaba un poquito más de Nigeria. Un seleccionado con historia aunque con un presente complicado. Empató el partido más ganable de los tres. Intentó mucho por abajo y por el medio, cuando la debilidad de Irán está en el juego aéreo y las pelotas cruzadas. No hay que ser Guardiola para saber eso, apenas mirar un par de partidos previos. Este era el partido, para cualquiera de los dos, en el que debían hacer una diferencia para después robarles un empate a Argentina y a Bosnia y, milagrosamente, avanzar a los octavos de final.

Obvio que no. No hubo ni asociaciones, ni paredes, ni calidad y mucho menos una cátedra de fútbol. No hubo nada. Si pudiera contarles de mi siesta, créanme que esta (no) crónica sería mucho más interesante. Lamento que sólo se haya tratado de una siesta, pero lo que más lamento es que haya durado solamente treinta minutos.

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